NOISE MAGAZINE

¡CUIDADO! Mujer en deconstrucción

Por Alejandra Olivas

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Hace 3 años mi día a día como mujer en México transcurría normal, si no es que hasta aburrido, casi siempre lo único que lo destacaba era si me enojaba o no en el trabajo o si en la tarde iba a tener tiempo de pasear a mi perra antes o después de descansar un rato o de salir por una cerveza con mis amigas.

Crecí rodeada de privilegios. La mejor escuela privada, las clases extra que se me antojaran, idiomas, viajes, intercambios, colores nuevos para la escuela en un estuche que tenía brillitos morados, una mochila que olía a chicle, una butaca, un salón, un pantalón de uniforme porque no me gustaba usar falda, compañeros que me respetaban y querían, maestros que nunca me lastimaron ni con palabras, jamás nadie me siguió de regreso de la escuela, nunca nadie me chifló, nunca nadie me violó. Sí, todos privilegios, aunque no lo vi así hasta el 2017 cuando un rayo de realidad me hizo reenfocar la mirada, un hashtag: #MeToo.

El movimiento de denuncia pública en redes presentó algo nuevo en mi pequeño mundo utópico, violencia de género. Historias de terror que acompañaban el hashtag narrando cómo, cuándo, quién y en dónde habían sido abusadas miles de mujeres y niñas. Distintas nacionalidades, profesiones, edades, lo único que tenían en común es que eran todas mujeres abusadas por un hombre en posición de poder. Leí lo suficiente como para entender que si no me había pasado no era cuestión de suerte, era cuestión de tiempo. Estaba aterrada.

Brenda Lozano on Twitter: "Ser mujer en México… "

De pronto me comenzaron a molestar los comentarios que se burlaban y culpaban a las víctimas. Les siguieron los memes o los chistes, ya no me daban risa. Las pláticas comenzaron a tornarse en mi contra cuando defendía a las mujeres abusadas con un tímido “es que debe dar mucho miedo denunciar” o “¿pero que gana ella diciendo que fue abusada? Yo sí le creo”.

Empezaba a notar el machismo en los demás, constante, cínico, acostumbrado a ganar el voto de la mayoría en cualquier sobremesa mexicana. Con el tiempo y ya experta en detectar el machismo en otros, comencé a analizarme a mí misma, segura y tranquila de que no encontraría nada reprochable, ¿verdad?, siendo mujer no podía ser machista, ¿cierto?

Falso. Comencé a darme cuenta de que criticaba a placer cualquier foto que subieran mis conocidas en redes, “¿Ya viste sus fotos en la playa?, jajaja que oso, ¿cómo se atreve?”, dije una vez indignada al ver como una amiga posaba con su hijo en la playa, la pantalla reflejaba su felicidad y mi burla descarada. Critiqué todo, critiqué mucho, pero solo a mujeres que no cumplían con el prototipo de belleza impuesto por la sociedad pues me enseñaron que éramos nosotras las que teníamos que esforzarnos para gustar y atraer. Los hombres no, ellos podían tener la complexión y presentación que quisieran ya que mientras fueran “buenos hombres” eso debía bastarnos, es más, debíamos estar agradecidas de cruzarnos con uno así. Cosas como “Claro que él debe ganar más, mantiene a una familia”, “¿Tuvo un bebé y no regresó a trabajar?, que floja”, “Que lindo, le ayuda a lavar los platos, ¡que suertuda!”, “Pues es que ve cómo va vestida, por eso pasa lo que pasa”, “Las feministas solo están resentidas con los hombres y se creen mejores, yo creo en la igualdad”… eran usuales frases mías.

Soy culpable de haber dicho “Esas locas nos hacen quedar mal, deslegitiman lo que piden”, ciega a que las que comenzaron antes que yo ya estaban cansadas de pedir las cosas por las buenas y ser ignoradas. “Esas feminazis no me representan” dije una vez ajena al dolor de la madre que buscaba a su hija destruyendo todo a su paso, en llanto. “Así nadie les va a hacer caso” le repetía a una amiga que trataba de explicarme con mucha paciencia que ya se había intentado todo y fue en esa plática, con argumentos que no pude refutar, en la que me di cuenta de que había estado viendo todo mi mundo a través de un cristal diseñado por otros para creer que me acomodaba a mí. Ese día me di cuenta de que tanto mi educación en casa como la que me había dado la sociedad me habían obligado a estar siempre de acuerdo con lo que le beneficiara al machismo. Descubrí que mi privilegio había estado nublando mi empatía, descubrí que yo era machista y decidí ese mismo día que ya no estaba dispuesta a serlo.

Fue un proceso largo, al principio solo me quedaba callada ante un comentario o actitud que me incomodara, luego comencé a no estar de acuerdo verbal pero pacíficamente hasta que un día me encontré envuelta en un ataque de furia respondiéndole a desconocidos en redes porque las palabras que usan para lastimarlas a ellas, las que alguna vez llamé “locas”, me lastimaban a mí, ¡ya no eran ellas, éramos nosotras! Ese día comenzó mi decisión definitiva de romper ese cristal confeccionado por otros para mí, con dolor y miedo porque sabía que me costaría perder la tan conveniente y confortante validación masculina de mis amigos y familiares. Sabía que lastimaría pero empecé a buscar la salida porque estar adentro lastimaba más. Empecé de a poco a romper una conducta forjada consistentemente de falsas creencias hasta que con mucho trabajo y paciencia de otras mujeres lo rompí, lo rompí todo. Abrí la mente y el corazón a lo esperanzador que suena un mundo de igualdad. Me deconstruí para volverme a formar. Entre los añicos de mi educación católica y conservadora decidí comenzar a alzar la voz por las voces arrebatadas, desde mi trinchera virtual, incomodando, denunciando, publicando, contestando y a partir del 8 de marzo, marchando.

Entiendo y respeto que la deconstrucción de cada una sucede cuando cada una está lista, jamás juzgaré a la que no sienta interés o ganas en cambiar su visión porque no se nos enseñó a cuestionar y cuesta mucho hacerlo, duele mucho comenzar el proceso. Pierdes amigos y amigas, recibes comentarios violentos y amenazas, recibirás varios “has cambiado mucho” con caras de disgusto y te volverás la “presencia incómoda” cuando se toque el tema en todas las cenas y grupos de WhatsApp; pero te prometo, te juro que vale la pena porque por cada persona incómoda habrá otra agradecida de no sentirse sola.

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Esta es mi historia, la forma en la que inició mi feminismo. Lo comparto con la esperanza de que arda algo de curiosidad, autocrítica y cuestionamientos en la mente de quien lo lea. Es una invitación al análisis y a la observación pero también al perdón. Perdón a la mujer machista que fui, porque no era mi intensión serlo, pero es toda mi intención cambiarlo.

No puedo decir que mi deconstrucción ha terminado, ni que siempre ha sido la correcta, sé que me queda mucho por delante, un incómodo y largo camino. No soy perfecta, seguro me voy a volver a equivocar pero eso es lo bello de nuestra humanidad, siempre podemos cambiar, aprender, crecer y compartir.

Audre Lorde escribió – tu silencio no te protegerá – y nunca 5 palabras habían resonado tanto en mi razón. Quedarme callada ya no es opción, después del 8M 2020 ya nada vuelve a ser lo mismo para mí pues estoy tomando mi lugar en la historia de miles de mujeres que lo arriesgaron todo por pedirlo todo, por pedir lo igual, por pedir lo justo. Hoy puedo votar, poseer propiedades, estudiar en la  universidad y trabajar gracias a las feministas. Miles de valientes mujeres antes de mí a las que les debo tanto, empezando con una disculpa y un abrazo que viaje en el tiempo, unas sinceras gracias y la promesa de no calmarme, no callarme y no rendirme.

Instagram: @alejajajandra_

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