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La "gran renuncia" de los hombres a la moda

Por Caro Carvajal

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Es común observar en fotos familiares y libros, que el común denominador del guardarropa del hombre: es el traje. Outfit infalible hasta en nuestros días, para el trabajo, asuntos sociales e incluso funerales. ¿Pero cómo es que se convirtió en uniforme social y visual?

Excesos vs. Moderación

Se entiende que la moda es un reflejo del contexto en que se desarrolla y fue en el siglo XVIII que se difundieron dos modelos opuestos de moda masculina. Por un lado, estaba la moda inglesa reconocida por su sencillez y por otro lado, la francesa que encarnaba la ostentación y el exceso, lo que en ese siglo la hacía sobresalir. 

Los ingleses no estaban muy felices con que a pesar de sus absurdidades, dependieran de los sastres y barberos franceses. Pero a pesar de todos los desagrados que pudiera tener Gran Bretaña sobre ello, la moda en ese periodo era vistosa, decorada y francesa. Un buen ejemplo de ello, es el arquetipo del macarone, que surge entre 1760 y 1770 para referirse a un joven extravagante que exageraba las modas y estilos del francés cortesano, sin más objetivo en la vida que la búsqueda del placer. Sin duda, una de las figuras más comentadas en Londres en aquellos días.

En tres piezas

Figuras como el macaroni evidencian la importancia del adorno tanto para el hombre como para la mujer del siglo XVIII. Pero para el siguiente siglo, los adornos desaparecen junto con las pelucas y los vistosos bordados y el hombre comienza a vestirse con el famoso traje de tres piezas en tonos más serios y con accesorios más sutiles portadores de elegancia.

A pesar de que el traje de tres piezas tiene su origen en Gran Bretaña, introducido por el rey Carlos II en el año de 1666, ya se habían llevado prendas similares años atrás, pero no fue hasta principios del siglo XIX que este estilo se popularizó tras el auge de la Revolución industrial y como una especie de “renuncia del hombre a la moda”

From 'macaronis' to mohawks, men's fashion has always been political

La gran renuncia

Los aires de cambio y libertad que trajo consigo la industrialización y las masas, inspiraron nuevas y livianas siluetas, contrarias al exceso y lo barroco de la burguesía.

Una de las interpretaciones más conocidas de este fenómeno, fue la de John Flügel en su libro Psicología del vestido, Flügel donde sostenía que, para los hombres,

“La reducción del elemento decorativo en los trajes, iniciada a finales del siglo XVIII, ha sido una gran derrota. Precisamente en aquella época tiene lugar uno de los acontecimientos más notables de toda la historia del vestido, cuya influencia todavía se deja sentir ahora y a la que nunca se le ha dedicado la debida atención: los hombres renunciaron a su derecho a las formas de ornamento más brillantes, fastuosas, excéntricas y elaboradas, cediéndolas por completo a las mujeres, y por ello hicieron de la indumentaria masculina un arte de los más sobrios y austeros. 

Desde el punto de vista de la sastrería, este acontecimiento tendrá que considerarse la “gran renuncia” del sexo masculino. El hombre abandonó la pretensión de ser bello y se preocupó exclusivamente de ser práctico. En la medida en la que los indumentos mantenían cierta importancia, a lo máximo que podía pretender era ir “correctamente” vestido, pero no de manera elegante o elaborada.”

El autor sugiere que la adopción de este vestir no era una moda temporal sino una transformación significativa en la historia de la moda y se refiere a este momento como “la gran derrota” del hombre que dejó la moda en manos de la mujer. Por lo que, como dijo Lola Gavarrón, las mujeres continuaron viviendo encorsetadas, con corsés físicos y mentales (Gavarrón, 1988: 123) en una sociedad a la que no le interesaba que éstas tuvieran un protagonismo más allá del adjudicado tradicionalmente.

Esta aparente renuncia de la imagen personal por parte del hombre, no era sino más que una forma de expresar un nuevo sentir político y social, donde se vestía ligero y sobrio para atender la agitada vida que trajo consigo la Revolución industrial y era una forma de manifestar públicamente que la moda e ir bien arreglado no era tan importante como los asuntos políticos. Lo cual habla de la nula participación política que tenía la mujer, dejando la indumentaria como su mejor escenario.

¿La gran renuncia?

Sin embargo, la teoría de Flügel ha sido criticada por estar basada en generalizaciones y no en una investigación perse. Por otro lado, el historiador de la moda inglesa Christopher Breward analiza el modelo de Flügel en su obra The Hidden Consumer, donde sostiene que se ha prestado demasiada atención a la moda femenina, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX  y se ha descuidado al hombre que, sin embargo, era un consumidor importante, aunque no tan a la luz como su alter ego femenino. El hombre del siglo XIX sería, por lo tanto, un consumidor esquivo, que deja pocas huellas, una figura parecida a la del consumidor masculino actual. Según Breward, la falta relativa de evidencia histórica no significa que el hombre estuviera ausente del ámbito del consumo. Las ilustraciones de moda femenina son más numerosas que las de moda masculina, pero estas no están ausentes, ni mucho menos.

El dandi y la no moda

En resumen, si la moda francesa se componía de excesos, la inglesa era reconocida por sus trajes; tanto los producidos en serie como los de alta gama.

Todo esto dio como resultado el nacimiento de uno de los arquetipos más problemáticos en la historia de la moda: el dandi, la personificación del hombre moderno vestido en tres piezas y con el super poder de pasar desapercibido.

El inglés Beau Brummell, que en las décadas de 1820 y 1830 encarnaba el perfecto estilo dandi, escribía: “Si John Bull (inglés medio) se gira para mirarte, es que no vas bien vestido, tu atuendo es demasiado rígido, demasiado sobrio o demasiado a la moda.”

El dandi no era precisamente aristócrata ni un hombre de buena cuna, sino que rechazaba las convenciones sociales y decide ser lo que quiere creando sus propios usos y costumbres.

El crítico y pensador inglés William Hazlitt (1778-1830) afirma que “el mayor logro del dandi es ser él mismo”.

Instagram: @voodoo.aep

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