Entre más fabulosa, más rota

Entre más fabulosa, más rota

Entre más fabulosa, más rota

Entre más fabulosa, más rota

Entre más fabulosa, más rota

Por Anahí GZ

Escribo esto en el cumpleaños de Janis Joplin. Take another little piece of my heart, baby. Me duele la espalda y quiero llorar. Desperté con la tristeza atrincherada en el cuerpo. Estoy perdida, no sé hacia dónde caminar. ¿Será que la vida es una suma de naufragios? 

Lo extraño es que mi estado de ánimo me conduce por caminos inesperados. En lugar de tirarme en la cama y procrastinar hasta que anochezca —como acostumbro cuando caigo al hoyo—, me asalta el terrible impulso de comprar.  Llenar el vacío con objetos materiales, se me revela como una verdad dolorosa.

Estoy desempleada. Me muevo histriónicamente en las aguas del freelance y su precarización. Los recursos económicos no me sobran, al contrario. Y aun así las ansias hiperconsumistas me invaden, las contengo apenas. Procuro no entrar a internet, para no caer en la tentación de agregar artículos innecesarios a un carrito virtual.

Cierro los ojos, cuento hasta diez y controlo el ritmo de mi respiración. Mi terapeuta me aconsejaba que lo hiciera al tener el impulso de salir corriendo, de gritar. Me tranquilizo y pienso que no deseo un vestido nuevo ni un kilo de chocolate, lo que quiero es esa sensación que me invade cuando mi tarjeta se desliza por la terminal de pago, cuando los alimentos llenan mi barriga de calidez, cuando me pruebo una falda nueva y me miro al espejo y me siento bonita…Ilusoriamente feliz.

La filósofa Susan Buck-Morss asegura que comprar es una anestesia que protege de los estímulos exteriores y embrutece a las personas. Se trata de una suerte de adormecimiento generalizado. Si todo alrededor pierde sentido, consumir otorga la falsa sensación de tener control sobre algo. Buck-Morss piensa que así se crea una realidad compensatoria donde la vida es leve, sin asfixia.

De adolescente miraba por largas horas “Acumuladores Compulsivos”, un programa de Discovery Home & Health. Me aterrorizaba al escuchar las historias de soledad que contaban quienes aparecían en pantalla. En ese entonces no comprendía  por qué alguien en quiebra se aventuraba a comprar tanta chatarra. Más tarde veía todos los objetos de mi abuelo. Su tesoro estaba compuesto por cientos de piezas corroídas que jamás utilizaba. Yo no solía conversar con él. Siempre me pareció un hombre apagado.

Mi abuela no se quedaba atrás, ella coleccionaba capas de lana. Tenía muchísimas. Mi abuelo y ella soportaron 40 años de un matrimonio infeliz, lleno de violencia. Ahora entiendo un poco más la obsesión de ambos por guardar objetos inservibles, quizás en ellos encontraban el calor extinto de su vida marital. Tal vez las montañas de cosas se ocupaban de poblar su desamparo. Los ojos extranjeros veían basura en sus raras colecciones. A lo mejor para ellos eran sedantes.

Actualmente mi habitación y el estudio que monté con mucho cariño, se han convertido en zonas de volcanes pop. En el suelo se acumulan libros sin abrir, bolsas, zapatos, ropa, cajas de cartón y tickets de compra. No hay duda: los espejos genealógicos no desaparecen, son la sombra. Me observo en el mío, en mi espejo, y entiendo a mi abuela. Si estuviera viva, correría para abrazarla, le confesaría que descubrí su secreto, su vacío. Mientras tecleo esto, llevo puesta una capa idéntica a las que usaba ella. Las ironías de la vida son inextricables.

Con razón el “tipo moderno”, al sumergirse en el mundo de las mercancías y el consumismo, se crea una segunda conciencia.  El pensador Ernst Jünger diría que: “Esta segunda y más fría conciencia está señalada en la capacidad desarrollada cada vez más agudamente de verse a uno mismo como un objeto…se dirige a un ser que se sitúa fuera de la zona de dolor”, luego agregaría: “Todo sucede como si el ser humano estuviera poseído por el esfuerzo de crear un espacio en el cual el dolor… pueda ser considerado una ilusión”.

Claro, comprar y acumular para evadir la herida no pronunciada.

Ayer leí un artículo interesante en VICE.  El texto se titula: “En un mundo pospandémico, el lujo no significa tener más cosas”. Se trata de una entrevista a Martin Lindstrom, un experto en marcas de consumo.  Él explica que el aislamiento causado por el COVID-19 ha desbordado en las personas su “hambre de piel”, que es lo mismo al deseo natural de tener contacto con otros seres humanos. La soledad e incertidumbre conducen hacia la desesperación a miles de individuos, tanto así que buscan —¿buscamos? — reemplazar la estimulación cuerpo a cuerpo con productos materiales como la ropa o los rompecabezas que, sin sorpresa, han disparado sus ventas con la llegada del rosado y poco carismático SARS-CoV-2, también conocido como “El covi”.

Martin Lindstrom aclara que “si compras una bolsa Louis Vuitton, verás que está hecha con más capas de las que tenía antes, usan más telas y más materiales para que tus dedos exploren ese universo táctil”. Posteriormente Lindstrom sentencia: “No te dejes engañar, el consumo es una liberación inmediata de dopamina en tu cerebro, que te hará sentir bien al momento. Pero no va a durar para siempre”.

Todo esto me hace cuestionar el papel de la ropa en mi vida. Recuerdo que un buen amigo me dijo alguna vez: “Desde que te vi, supe que detrás de todo ese fashionismo se escondía una ñoña”. Era cierto, me ocultaba. Ante mis inseguridades y mi constante miedo a ser herida, me inventé un perfecto caparazón. Rápidamente me di cuenta que la gente me aceptaba sin tantas complicaciones cuando lucía bien, le prestaban más atención a mis zapatos que a mis temblores.

Sencillo. Mi timidez se volvió invisible. La gente se me acerca en la calle, me sonríen y me tratan con amabilidad. Por eso las chamarras extravagantes, los estampados y las plataformas son mis mejores aliadas. Lo terrible es que si el soldado pierde su armadura, se vuelve un blanco fácil. Así, cuando presiento que no me veo bien, me hago chiquita y la paso muy mal. Algunas veces, luego de llegar a la universidad con prisa, me observaba en algún espejo solo para presentirme horrible. Después chillaba y atravesaba los pasillos de la escuela sabiéndome vulnerada. Todavía me sorprende lo mucho que me afectan cosas tan insignificantes.

Jünger pensaba que los uniformes militares “tienen un carácter de defensa”. Sin darme cuenta, la ropa realiza la misma labor para mí. Creo que por eso me da un breakdown cuando intuyó que las prendas elegidas no me encubren lo suficiente. Esta es otra de las razones por las que me invade el impulso de comprar ropa innecesaria.

Puedo estar un año sin comprar? | El Correo

Paso muchas horas de mi vida expresándole a la gente cómo la moda me ayuda a conocerme y reconocerme, pero nunca antes conté la parte incómoda de la historia. Hoy la dejo fluir sin resentimientos.

Hace poco mi amiga Sofía me dijo: “Entre más fabulosa, más rota”. Este aforismo fashionista nació mientras lanzábamos chistes en una clásica conversación de Instagram. Cuando lo leí me dio un ataque de risa. Enseguida miré mi cuenta bancaria y el montón de ropa que se enredaba en una maraña de colores sobre mi cama. Ya no fue tan divertido. 

Estoy rota y sola en un cuarto atestado de recuerdos moldeables, pero eso sí, con unas arracadas divinas en mis orejas.

Es obvio que la industria se ha encargado de vender imágenes de “un cuerpo acorazado, mecanizado, con su superficie galvanizada y un rostro metálico y anguloso que proporciona la ilusión de invulnerabilidad”: estas también son palabras de Susan Buck-Morss, ella las escribió para hablar de la estética fascista, pero, si lo pienso bien, es casi lo mismo que la industria de la moda hegemónica: suelen caminar de la mano, suelen ofrecerle a la gente la capacidad de enfrentar al mundo sin sufrimiento. Ambas se presentan como estructuras metálicas que protegen de los huracanes cotidianos y alimentan el narcisismo. Resulta que, sin extrañeza, la palabra narcicismo tiene la misma raíz que narcótico. 

El patriarcado y el capitalismo quieren que me odie, que me mire con rabia, que me sienta hueca y adormilada. La publicidad me dice que sus productos me darán la felicidad que tanto quiero, y no sólo yo, me pregunto quién no anhela estar bien consigo misma, quién no busca ser feliz, aunque sea por un momento. El sistema nos crea un profundo vacío para luego manipularnos con simpleza, para vendernos cosas absurdas que supuestamente nos salvarán del abismo.

Por eso creo que también debemos buscar momentos de esparcimiento y gozo que no sean regidos por la lógica del consumo. De ahí que, en lugar de comprar como dicta mi impulso, me he sentado a escribir. Es mi pequeño gesto de resistencia.

Aún planeo envolverme con vestidos floreados y abrigos rojos, sólo no quiero hacerlo por las razones incorrectas, no quiero usarlos como narcóticos que me hundan más.

Que se vulnere lo que deba vulnerarse. Que sea visible la mujer oculta.

Aquí estoy.

IG: @annasinache

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