Esta artista crea arte y diseño para celebrar a las mujeres de Juchitán y su cultura zapoteca

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Por Claudia Aguilar

A veces, como Stephanie Chirinos dice, lo que uno hace no es lo que uno realmente quiere, sino lo que le han inculcado o impuesto. La familia de la artista quería que ella se convirtiera en abogada o médica. Steph intentó seguir el camino que le habían trazado, pero no resultó, entonces empezó a crear uno que la hiciera sentir bien. Cuando le pregunto cómo resultó este camino, ella dice que se trata de uno que refleja lo que realmente es y habla de aquello que la hace feliz: Juchitán. 

Su universo en Instagram, en donde la conocí, está lleno de elementos de la cultura zapoteca y rostros coloridos de mujeres guerreras de la comunidad del Istmo de Tehuantepec, quienes la han rodeado desde que nació. Steph comparte a través de ilustraciones, murales, cuadros y objetos de diseño lo que ve a diario en la ciudad oaxaqueña. La Mano Santa, su marca, es la carta de amor que le escribe a esta, su querida tierra. Hablamos con la emprendedora de 27 años para saber más de su obra.

 

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Antes de emprender tu propia marca, ¿a qué te dedicabas o qué estudiabas?

Estudié muchas cosas. A mí, esa etapa de qué vas a hacer de grande fue bastante confusa. En un principio mi familia quería que yo fuera abogada, médica o algo así. Saliendo de la preparatoria hice mi examen para entrar a la universidad, lo pasé con un muy buen puntaje. Según yo, era una carrera que me gustaba. Cuando entré a la carrera me di cuenta de que las clases estaban padres, pero no era lo que yo realmente quería hacer de mi vida. Estaba muy chiquita y decidí salirme y pedirles a mis papás un año sabático para ver qué onda con mi vida. 

Desde niña tuve mucha inclinación hacia las artes, sobre todo hacia la danza, pero estuve como en el clóset, porque sabía que mis papás no me iban a seguir si me dedicaba a esto. Entonces, en ese año sabático, junto a una amiga empecé un blog de moda. Esto fue hace 10 años. 

 

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¿En ese año sabático lograste encontrar tu camino?, ¿cómo fue que llegaste al arte? 

Durante mi año sabático lo que hice fue consumir blogs y ver videos en YouTube de artistas que pintaban murales, que hacían ilustraciones. No sé cómo, pero de la moda pasé a la ilustración. Conocí artistas españoles, japoneses, y me llamó mucho la atención cómo compartían sus procesos y cosas. Decidí comprarme un cuaderno y pinturas y comencé a ilustrar.  Ver que otras personas vivían del arte y podían hacer esto, me abrió una puerta. 

Al ver una posibilidad en el arte hablé con mis papás. Obviamente me dijeron que no mil veces, hasta que les enseñé lo que había hecho todo ese año y mi papá dijo: “Bueno, creo que sí tienes talento”. Me apoyó y estudié Artes Plásticas y Visuales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Ahí estuve un año, pero no me gustó: el sistema, las clases, la gente. 

Yo ya quería trabajar, tenía la espinita de empezar a producir, buscar chamba. Me salí y empecé a buscar mi estilo. Empecé a buscar los temas de los cuales podía hablar, cómo podía justificar mi trabajo. Estudié mucho, pero por mi cuenta. Me aventaba libros enteros, consumía demasiado internet, visitaba galerías y museos en Oaxaca. Luego me fui a vivir a la ciudad de México. Mi educación fue básicamente autodidacta. 

En tu búsqueda, ¿qué artistas, blogueros o creadores te impulsaron a crear tu propia marca?

Una de ellas fue Valfré, es una ilustradora de Tijuana. La conocí por las revistas de moda de Nylon. Me encantaba, me fascinaba lo que hacía. En ese entonces, ella solo tenía un blog, en donde compartía sus outfits. Yo creo que Valfré fue quien me abrió las puertas hacia la ilustración, me llamó la atención que ella hacía las cosas a su estilo y que empezó a vender tote bags, playeras. Así empezó y hoy tiene miles de seguidores. Alguna vez yo dije: “¡Quiero ser como ella!”.  No en su estilo, sino en cómo da a conocer su trabajo. 

Otro artista que me marcó muchísimo fue el ilustrador español Ricardo Cavolo, su trabajo es muy contemporáneo, muy colorido, muy bonito. Fue una influencia bastante fuerte para mi trabajo. También, claro, están los clásicos: Diego Rivera, Rufino Tamayo, Francisco Toledo. Pero creo que fueron más los contemporáneos los que me dieron ese empujón para emprender.

 

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Ahora sí, cuéntame, ¿cómo iniciaste La Mano Santa?

Empecé a trabajar desde que me salí de la universidad. Hacía muchas cosas freelance. Inicié pintando sillas o artículos que me pedían, pero a mi estilo. Luego, pensé en hacer algo diferente, algo que hablara del lugar del que soy, de Juchitán. 

Acababa de regresar de vivir en muchas ciudades y de tener a mi primer hijo. Al volver me instalé en una casa en donde vivían unos abuelos que solo hablaban zapoteco en mi casa también se hablaba, pero no era la lengua materna. Cuando llegué, la señora tenía como 60 años. Un día, platicando, ella me contó que desde que nació nunca había usado un pantalón o un vestido. Ella siempre había usado huipil y enagua. 

Habitar esa casa tan tradicional y el vivir en Juchitán me hizo querer hacer algo: trasformar lo que veía. Desde ese momento quise pintar cómo yo veía el lugar.

Para la creación de La Mano Santa hubo una investigación firme. No quería sacar cualquier cosa o vender por vender. Estoy haciendo algo inspirado en una cultura, siento que no te puedes parar y simplemente decir simplemente “¡ah, esto es!” y no explicar nada. Hubo un detrás de, un anteproyecto. 

¿Qué te inspiró a elaborar los artículos que forman parte de tu marca?

Los tiempos cambian, lo veía conmigo: amaba Juchitán, pero usaba pantalones, no trajes regionales como la señora de la casa. Al igual que yo, más jóvenes estaban orgullosos de su cultura, sin embargo, la vivían de otra manera. 

Empecé a hacer pinturas, esa era mi chamba habitual.  Fui compartiendo lo que hacía y a la gente le gustó. Había personas, sobre todo de 15, 16 años, que me decía que le gustaba mi trabajo, pero que no podía pagarla. Entonces pensé que estaría chido hacer obras, pero de un modo más costeable. ¿Cómo sería eso? Pues en playeras. 

Arranqué con un tiraje de 25 playeras. Obviamente, no era un proyecto, era yo como artista vendiendo mis playeras. Tardó un poco, pero tuvo éxito. Ahora no solo las playeras, sino también libretas, bolsos y artículos de decoración son los principales productos de La Mano Santa. 

¿Qué obstáculos has tenido como diseñadora independiente?

Mi primer obstáculo fue la aceptación en mi ciudad, porque estoy hablando de nuestra cultura. Yo tenía mucho miedo, sobre todo a la crítica local.  Al final, a la gente le gustó. 

El segundo obstáculo fue ser mujer. Aún existen muchas ondas e ideas patriarcales, por ejemplo: a mí me decían que era ilustradora. No tiene nada de malo, yo amo serlo, pero las personas que me lo decían lo hacían como demeritando mi trabajo. Localmente es muy triste que no existan más mujeres haciendo arte o diseño, me he tenido que acostumbrar al rechazo o exclusión de artistas locales que en su mayoría son hombres. Pero esto me hace trabajar más y tener más ganas de destacar con mi trabajo y el de todas las mujeres.

 

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Por último, ¿qué consejo le darías a alguien que, como tú, quiere emprender y crear su marca? 

Lo principal, creo, es aventarte y hacer las cosas, aunque te dé miedo. Una vez que lo vences, todo es posible. Vences el miedo y de ahí el mundo es tuyo. Si fracasas o te va muy bien, eso ya es muy relativo. Yo hasta ahora fracaso muchísimo, pero eso me ayuda a aprender. 

Otro consejo es no depender de nadie, emocional o económicamente. Ah, y estudiar y trabajar muchísimo, esto te abre puertas y te hace una mejor persona. 

Mi último consejo sería: busca tu propio camino, ese que te haga sentir bien a ti. Para que la gente reciba padre tu trabajo tienes que reflejar en él lo que tú eres, lo que te hace feliz. 

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